Grita!

7 Ene

A veces las ilusiones se materializan, y las puedes tener en tus manos, y regalarlas, compartirlas, disfrutarlas… Y escucharlas y orarlas.

Nuestra ilusión se ha llamado “Grita”, el nuevo proyecto de Vocare materializado en un disco con nueve temas nuevos y, en MP3, los once temas del disco anterior.

Grita es un lugar de encuentro entre personas que nos hemos ido cruzando en el camino de Vocare después de aparecido el primer disco. Es, por así decirlo, el fruto del crecimiento de Vocare, de la incorporación al grupo original de Guadix de gente de Salamanca, Valladolid y Majadahonda, de las comunidades acompañadas por los operarios y vividas por todos.

Así, este río crecido ha hecho fértiles las vidas de muchos con el agua del Evangelio que queremos gritar, la Palabra encarnada que nos hace querer transformar el mundo en Reino de Dios.

Queremos gritar a través de este viaje del disco que lo importante no es lo material, y el alma es joven aunque el cuerpo se avejente; queremos gritar, con San Pablo, la importancia del amor, amor que vence porque ama; queremos gritar que en la fe también entra la duda, que la fe se hace más fuerte en el encontrarse y desencontrarse con Dios; queremos gritar qué es Vocare, una especie de comunidad desperdigada que “mantiene nuestras vidas juntas y separadas”; queremos gritar la vida de Jesús que nos llena de alegría, una vida para los jóvenes y para los no tan jóvenes; queremos gritar que el amor de Jesús se hizo grande en la cruz, y en la resurrección, que lo hizo amor-para-siempre; queremos gritar nuestro trabajo con los jóvenes, como trabajo entre amigos, recordando el origen de la Pastoral Juvenil de la Hermandad.

Y queremos que gritéis con nosotros…

Los días previos al nuevo año nos reunimos en Valladolid los amigos, acogidos por Migel Ángel, párroco de Aldeamayor de San Martín, para celebrar orando, cantando y encontrándonos que la ilusión tenía forma de disco, y que podíamos seguir gritando. César y Puri, Esteban, Pablo, Sergio, Juan, Juancar y Lucy, Borja e Irene; y unidos a nosotros, Raúl. También conocimos la aventura de Javi Tascón y su estudio, compartimos la Eucaristía con Isidoro y Maite, y Félix e Isa; pudimos abrazar a Daniel y Enrique en Santa Teresa, nos encontramos con Cristina, con Nacho y Ana. En definitiva, un encuentro de amigos y de los amigos con Jesús. Un encuentro de familia (como nos recordó Esteban en la celebración de la Sagrada Familia).

Ponemos este grito a vuestra disposición en este weblog o web-blog que queremos hacer lugar de encuentro. Y lugar de grito profético, en el desierto o en medio del mar. Grita.

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Encuentro en Majadahonda (agosto 2011)

30 Ago

Un relato para explicar una experiencia no debe ser largo. Así que si tiene que ser corto y conciso, lo mejor es hacerlo girar en torno a palabras que aclaren y cuenten, que sumen en nuestra mente. Y en nuestro corazón. Así que tres palabras podrían resumir el encuentro de Vocare en este fin de semana del 26 al 28 de agosto.

Abrazo. El abrazo es sinónimo de acogida, de bienvenida y de reencuentro. El viernes llegábamos a Majadahonda, con Esteban, César, Puri, Borja y Raúl desde Valladolid; y Juan y Sergio desde Salamanca. Y nos acogía también Salva. La alegría del reencuentro después de muchos meses o no tantos, de dar la bienvenida a Sergio que pisaba Vocare por primera vez. La alegría de comprobar que esta amistad ‘separada’ sigue viva y late con el mismo ritmo y la misma fuerza a pesar de distancias y de tiempos. Eso es el abrazo. Compartimos la oración del Dios-que-teje y que nos sigue uniendo, la cena y el descanso. Y el pan compartido fue esta vez una pizza y un partido.

Manos. Y es que las manos son eje en nuestra vida, las manos que acarician, que bendicen, que se dan, que entregan… La mano es símbolo de Vocare y es símbolo de Hermandad. El sábado por la mañana, los sacerdotes y el Obispo de Ciudad Guayana impusieron sus manos sobre la cabeza de nuestro hermano Diego, operario de Canarias, que se unió al orden de los presbíteros en el Parque Móvil. Poder compartir ese momento con él fue otra gracia más, poder ser Hermandad, poder abrazarle después, darle las gracias por el paso dado, por ser sacerdote de Cristo, como Manuel, y en su ser ‘libre para servir’, servir a todos. Las manos abrazaron, compartieron y retiraron lágrimas de alegría por lo vivido. Y Vocare fue más grande. Y el pan compartido fue entonces el catering ofrecido y compartido, las fotos y el traer y llevar bandejas de una sala a otra. David y Javi se unieron a nosotros para ser más manos.

Notas. Las notas afinadas de las guitarras, y alguna desafinada de nuestras voces, se unieron en la tarde para compartir lo que somos cantando, componiendo, revisando. Entre risas y bolsas de patatas fritas gigantes hablamos del misterio de la fidelidad de Rut, de su amor, y lo hicimos componiendo; y hablamos de la historia de Vocare con la canción gracias por la vida, y recordamos la presencia del trigo en nuestras vidas con la voz de Borja contándonos que necesita esta tierra más trigo. Escuchamos la música mágica de nuestros amigos de sin arreglo. Y César, Borja y Esteban nos pusieron al día de lo que se está haciendo y de lo que podemos hacer. Ana estuvo presente con su voz y en nuestro corazón en esta tarde. Y la mañana del domingo las notas sonaron otra vez para animar la Eucaristía de las 12. Así que esta vez el pan compartido fue el mismo Jesús entregado en la mesa.

De manera que entre abrazos, manos, notas y panes compartidos transcurrió este encuentro, con nosotros y con Jesús. Sigo sin saber qué es Vocare, pero Vocare sigue creyendo, cantando, compartiendo y creciendo.

Un abrazo.

Encuentro navideño en Valladolid (enero 2011)

10 Ene

Esta vez fue Valladolid la que nos acogió con sus fachadas, museos y casas generosas. Una decena larga de Vocarinos nos juntamos al terminar las navidades para compartir momentos y vidas.

“Al principio ya existía la Palabra (Jn 1,1) y ella se nos manifestó a lo largo del viernes y del sábado. Hecha oración por la mañana, en forma de piedra en las fachadas de San Pablo y San Gregorio; y más intensamente en las obras de arte del Museo Nacional de Escultura. Las palabras “tienda”, “pañales”, “pesebre”, “regalos”, “canciones” fueron las elegidas para acompañarnos en el retiro que nos preparó Juan.

Hambrientos (pues no sólo de palabras vive el hombre), compartimos mesa y casa gracias a Saura y a la Comunidad Shemá. Las palabras fueron brotando y a veces brincando en la sobremesa, donde seguimos compartiendo todo lo vivido, orado y trabajado durante la mañana. Entre compartir y compartir, la palabra hecha canción. Cercanos al Convento fundado por Santa Teresa hacemos realidad aquello de que quien canta ora dos veces.

Y para terminar el día, una cena sabrosa con confusión entre pizza y pasta incluída. ¡Qué importante es escuchar bien la palabra! Y ¡qué bien acompañados por Nacho y Ana y sus dos retoños que hicieron las delicias de tod@s, y si no preguntadla a Irene…

El sábado y tras una larga espera (no quiero mirar a nadie) celebramos la Eucaristía en familia. Las lecturas de la Misa de Navidad recogieron todo lo vivido en los 2 días: “Todo existió por medio de ella, y sin ella nada existió de cuanto existe”. (Jn 1,3).

Vocare en el Museo Nacional de Escultura

Quedamos muy agradecidos:

  • por la presencia de cada uno de nosotros: Esteban, César, Puri, Juan, Antonio, Juancar, David, Icíar, Lucy, Borja, Irene, Pablo, Saura, Nacho, Ana, Enrique y Raúl. (No se me olvida nadie, ¿no?).
  • por la riqueza que nos da la Palabra, que no se ciñe a ser Palabra escrita, oída, tallada, orada: es Palabra viva.
  • porque esa Palabra nos sigue convocando y animando a luchar por el Reino a cada uno en nuestro lugar.
  • porque ha derrochado dones gratuitamente en nosotros y queremos compartirlos con los demás.
  • por todo lo no expresado: ¿alguien se apunta a escribir más?

Saludetes vocarinos.

Un dedo de una mano

9 Ago

Nuestros amigos Pulgar, Índice, Corazón, Anular y Meñique habían aparecido en escena por separado, tal y como estaban desde hace mucho tiempo; tanto que, verlos juntos, llamaba la atención, sorprendía…

Había allí gente mayor que recordaba otros tiempos en que todos ellos, hermanos, iban ensamblados de una bella y poderosa manera: como mano. En aquel entonces nada se les ponía por delante que no fueran capaces de levantar, presionar, dominar, ayudar, unir, separar, doblar, apretar… Tomaban las escobas para barrer, escribían a máquina velozmente, pegaban sellos en cartas, cultivaban tomates, ordeñaban las vacas, curaban heridas de otras manos… Hasta pasaban buenos ratos aplaudiendo con otras manos vecinas (aplausos que ahora se consideraban como simple pérdida de tiempo…) ¡Qué bueno recordar también cuando todos se apiñaban para que Índice, todo tieso, señalara hacia algún cercano o remoto lugar solucionando más de un problema.

El paso del tiempo, como os digo, no había sucedido en balde. Esos dedos ahora estaban más viejos, cabizbajos, y parecían débiles. Bueno, todos no. Pulgar había regresado tan mandón como de costumbre:

– ¡Acercaos todos, toditos, hermanos! Hace tiempo que estamos separados, y me gustaría recordaros tal como sois. ¡Quiero que nos hagamos una foto…!

Meñique respondió:

– No tienes por qué pegar esos gritos, gordinflón… Ya sabemos que a ti te ha ido bien, no cesas de recordárnoslo. Además si te va bien, es por nosotros. ¿O crees que somos unos dedos imbéciles y tontorrones como para no tener memoria…?

Este Meñique, el más pequeño en edad y estatura, nunca había tragado demasiado bien la altivez y pomposidad del “Dedo Gordo”, como le llamaba para fastidiarle.

Todavía recuerdan muchos cómo sucedió la separación de los hermanos, durante aquella famosa jornada en la que paseaban por el campo. Se perdieron porque Anular no tenía mucha idea de orientarse en la campiña. Además estaba ese sol de ahí arriba, luciendo y ardiendo terriblemente. Tenían que haber bebido todos unidos de aquel gran vaso de agua que llevaban y que llenaron hasta el borde. Pero, con la agitación, cada uno quiso beber antes que los demás y… el vaso se vertió, derramándose todo el agua. Se quedaron sin fuerza y débiles para regresar a casa, en medio de aquel lugar que, ahora, les parecía desierto traicionero. Todos recuerdan que especialmente Pulgar se manifestó tremendamente egoísta.

Terminaron separándose muy enfadados, y buscaron cómo ganarse la vida. Pulgar se fue por su lado y sus cuatro hermanos siguieron juntos por inercia, pero… ¡ya no era lo mismo! La unidad estaba rota y, sin Pulgar, no podían hacer nada de lo que antes tan fácilmente hacían todos juntos. Y terminaban recordando lo que sus padres repetían constantemente:

– Vuestra fuerza está en vuestra unión. No valéis nada por separado.

De este modo, los cuatro hermanos restantes sobrevivían como podían, mientras Pulgar, con leves ayudas a otros dedos de la comarca, lograba grandes beneficios con escasísimos esfuerzos, hasta convertirse en el dedo más rico del lugar.

Sus hermanos, poco a poco, iban perdiendo la esperanza de vivir dignamente: trabajaban mucho, pero sin resultados visibles. En cambio, Pulgar, en un imponente coche, venía con brevedad a sus tierras, y en pocos instantes lograba grandes beneficios a costa de muchos sacrificios de otros. Con servir de punto de apoyo para otros grupos de dedos se llevaba grandes cantidades de dinero (por cierto este término lo inventó él). Apenas por apretar un botón en la fábrica le dieron el sueldo que otro dedo cualquiera hubiera necesitado dos meses y medio para conseguirlo. Por ponerse al lado de otros dedos y hacer el signo de “todo va bien” otro tanto. Y así siempre que lo deseaba.

Cuando sus hermanos reclamaban que el trabajo y el beneficio era de todos, Pulgar se enrabietaba y amenazaba con no dejarles sus posesiones para trabajar. Porque con el tiempo Pulgar había comprado todos los terrenos y dominaba grandes extensiones.

Así que los cuatro dedos, que en un principio eran casi igual de gordos y de bien nutridos, empezaron a quedarse canijos y delgadísimos. Algunos dedos vecinos morían sin solución por la falta de trabajo y de alimentos. Pulgar seguía, a su manera, feliz y no quería saber cuanto les sucedía a sus hermanos y vecinos. Bueno… un día al año (porque lo tenía anotado en color rojo, en el calendario) dejaba que un dedo flaquísimo se acercara a su mesa y tomara un pedazo de pan (momento que aprovechaba para la foto en portada del periódico local). Pulgar entonces lagrimeaba un poquito. Pero se le pasaba pronto, porque al día siguiente recorría la comarca pidiendo los beneficios de sus territorios. ¡Un día al año…!

Terminaron trabajando todos para beneficio de uno. Pulgar se puso gordísimo. No comía todo el alimento que tenía; no lograba siquiera almacenarlo bien, y por eso decidió tirar parte de lo que le sobraba, “para que no bajaran los precios”, justificó. Tenía más libros de los que podía leer en trescientos años. No existía un solo rincón de su casa donde colocar el “último invento” de las tiendas de moda. Le encantaba, sobre todo, utilizar toda clase de tarjetitas de cartón con las que sustituía el dinero contante y sonante. También estaba siempre con un teléfono que funcionaba sin necesidad de la red eléctrica; lo utilizaba especialmente en lugares concurridos.

La comarca entera no hacía más que malhablar de aquel Pulgar, al que antes querían tanto. Por otro lado, con el paso del tiempo sus cuatro hermanos cada vez se apañaban mejor en las faenas de la casa, del campo y en los trabajos que les iban saliendo. Consiguieron sustituir la posición del hermano alejado con otros dos dedos vecinos que realizaban funciones parecidas. “Pero no es lo mismo -solían decir-; ojalá Pulgar recuerde quién es, y que necesitamos de él, y que él necesita de nosotros”.

Escultura de Mario Irarrázabal en el desierto de Atacama, (1992)

Era cierto. Pulgar, cada día más gordo y más rico, compartía todo su tiempo con objetos, pequeños y grandes, pero se le estaban olvidando los rasgos de sus hermanos. Un día, aburrido y sin saber en qué ocupar el tiempo, ojeaba el cuaderno de fotografías. Allí se vio reflejado en los grandes rectángulos coloreados, algunos ya pálidos por el paso del tiempo. “Eran momentos felices” musitó. Estaban sus padres y sus hermanos. “¿Qué será de ellos?” El repaso a las fotos le dejó triste, y ahondando en sus recuerdos, pensó y decidió…

Decidió, primero, ponerse en pie y decir a su imagen reflejada en el espejo del cuarto de baño:

– ¡Yo soy un dedo! Un dedo es parte de otros dedos. Yo no veo otros dedos por aquí cerca. Luego… estoy dejando de ser un dedo. ¡¡No puede ser!! Yo quiero ser un dedo, un gran dedo, y dedo por entero y a todas horas.

En las siguientes horas estuvo distribuyendo sus amplias posesiones en cajas iguales para todos sus vecinos. Regaló… hasta la respiración:

– ¿Para qué quiere un dedo como yo tantas cosas inútiles?

Después se lavó, se perfumó, sacó su mejor sonrisa sincera y fue en busca de sus hermanos.

La tarea no se presentaba fácil. Habían sido muchos años de calendarios con números negros y rojos, años ocupados en ser lo contrario de un dedo. Pensaba con insistencia:

– Soy un dedo para ser fuerte con mis hermanos, y he querido ser dedo sin ellos. Esto no puede continuar.

Les comunicó su propósito a los hermanos. Ellos al principio carraspeaban y volvían la mirada a otro lugar, siguiendo en sus labores. Fue entonces cuando Pulgar dijo lo de hacerse una foto. Y la réplica de Meñique no tardó. Pero algo, muy dentro de ellos, les impulsaba a unirse al hermano tanto tiempo alejado. Ellos no tenían ninguna culpa de que su hermano se hubiera ido tan precipitada y egoístamente.

– Qué difícil es perdonar…

…consiguió decir Corazón; y todos a una se unieron a Pulgar.

Terminaron por hacerse la foto y días después Índice comentaba:

– ¡Qué sorpresa! Así éramos de pequeños y luego lo fuimos olvidando: ¡Una mano! Formamos algo grande y distinto cuando estamos juntos.

August Rodin, La catedral, 1910. Museo Rodin, París.

Se dedicaron entonces a recuperar el tiempo perdido. Y no fue fácil. Pero sí fue arriesgado. Todos tuvieron que tragarse su mal humor y sus afanes de revancha. Era necesario trabajar mucho para empezar a hacer de aquella comarca una región próspera. Por fin había trabajo para todos, porque todos trabajaban según sus posibilidades, e incluso según sus gustos. Empezaron por enseñar a los que no sabían trabajar y aquello fue cambiando ¡vaya que sí! Al final del octavo día, desde que trabajaban juntos, el arco iris lució sus mejores colores y quedó para siempre en el cielo azulón de aquel país de dedos unidos y manos unidas.

Esteban

Encuentro en Majadahonda (agosto 2010)

8 Ago

Un año más nos convocamos en Majadahonda los amigos de Vocare, animados por el deseo de terminar las cuestiones técnicas del segundo disco: GRITA. Nos juntamos, además, para poder estar juntos y disfrutar un fin de semana con el regalo de nuestro compartir.

En primer lugar, resaltamos que organizamos éste encuentro con el fin de dejar algo de lado el componente técnico y poder dedicar más tiempo a compartir nuestra fe y una pequeña porción de nuestra vida.

Esteban nos preparó la motivación que nos ha movido todo el fin de semana: Fe, Esperanza y Caridad. Compartimos nuestras debilidades, fortalezas y retos personales relacionados con las virtudes cardinales y teologales. Éstas son algunas de las citas en las que nos hemos apoyado:

“A veces dudo de creer en Dios, pero sé que “Dios sí cree en mí” (Florindo, sacerdote operario).

“Sé de quien me he fiado” (2 Tim 1, 12).

“…meteré mi ley en su pecho, la escribiré en sus corazones, yo seré su Dios y ellos serán mi pueblo” (Jeremías, 31).

En cuanto al componente técnico, deseábamos con gran ansia (sobre todo César), dejar completamente “enchurrutadas” las pistas musicales de las canciones del disco. Gracias al tiempo, al trabajo y a los consejos de Pablo Padilla, pudimos concretar y terminar todo el tema musical.

Encuentro Majadahonda

Este fin de semana hemos disfrutado de algunos ratos de oración, como los laudes y las eucaristías del sábado y domingo o una oración muy musical con el aterceder de fondo, porque no sólo del pan vive el hombre. Aunque también hemos disfrutado del “pan” con una cena “made in Italia” y otra algo más castiza. En esosmomentos compartimos mesa con nuestros amigos cercanos: Juancar, Luci, Pablo, Esther y Salva. ¡Qué afortunados somos!.

Mirando hacia adelante, vamos esbozando cómo queremos que sean nuestros siguientes proyectos VOCARE; planteando dos estilos diferentes para los proyectos 3 y 4; buscando fechas para volvernos a encontrar (¡tiembla Salamanca!); viendo las posibilidades que las canciones nos ofrecen para elaborar materiales…

Un saludo en Cristo.

Globos y tizas

16 Oct

Una enorme caja de madera esperaba en la estación de ferrocarril, hasta que fue transportadaal vagón correspondiente. Dentro de ella había un montón de objetos: globos, tizas, medicamentos, fregonas y escobas, bebidas alcohólicas, tabaco, instrumentos musicales, un saxofón, dos trompetas, una guitarra y, en una pequeña caja alargada, una batuta propiedad del director de la banda musical.

¿Qué destino podía tener esa misteriosa caja con tantos utensilios? No era otro que el de un pequeño pueblo perdido en las montañas y que, sobre todo en invierno, quedaba frecuentemente aislado durante varias semanas. En esas ocasiones la Alcaldesa solicitaba los elementos necesarios para la vida del pueblo en los siguientes meses.

Además se acercaban las fiestas en honor de la Virgen María y todo tenía que estar dispuesto con antelación. Así que -como os cuento- desde la capital de la región enviaron todo lo necesario en aquella caja que transportaba el tren.

Nuestros amigos, los objetos, llegaron a escuchar en la estación de ferrocarril que iban a un pueblo de la montaña. Seguían intranquilos, deseosos de conocer cómo sería el lugar y las personas del pueblecito aquel. Fregona estaba un poco mareada porque los cigarrillos estaban de fiesta y habían invitado a una botella de coñac. Las cometas saltaban de alegría porque desde un hueco de la caja de madera se veía la ventanilla y alcanzaba a divisarse el paisaje verde y frondoso. Corría el viento, arremolinando las copas de los árboles: ¡Cuántas piruetas fantásticas -pensaban- podrían realizar por las nubes! Los medicamentos eran muy serios. Decían que no podían agitarse ni moverse y que, de seguir subiendo la temperatura, avisarían al revisor para cambiarse a un lugar más fresco.

En el centro del cajón se apreciaban unas bolsas grandes que contenían unos seres extraordinariamente bellos por sus mil colores. Eran los globos. Encima de las bolsas se podía leer: “Para las fiestas del pueblo”. ¡Qué contento estaba el señor globo rojo! Pensaba que la gente del pueblo ya les estarían esperando, sobre todo los niños.

Las banderitas de colores que representaban a muchos países del mundo, por su parte, también esperaban el momento de lucir sus dibujos por todos los rincones de las calles y de la plaza principal.

Más adentro, en el fondo de la caja, estaban los utensilios pedidos por los maestros y maestras del pueblo para la escuela. Estaban algunos mapas, un esqueleto de madera (muy divertido, porque chiscaba con sus dientes mondos y guiñaba el hueco del ojo a las balletas que, por momentos, se sonrojaban y reían sin parar), unos libros de lengua, de física y química, de filosofía, de dibujo, de religión y de matemáticas. Correteaban por

aquellas profundidades unos lapiceros, perseguidos por las gomas de borrar, y un sacapuntas enfadadizo miraba, sentado sobre un diccionario de latín y con cara de “…ya te pillaré”, a un lapicero apenas sin punta para escribir. Unas tizas, muy blancas y muy limpias, permanecían ordenaditas, silenciosas y sonrientes, detrás de unas planchas de corcho que servirían de carteleras en los pasillos del colegio.

Todos los objetos, en fin, se movían al ritmo del traqueteo del tren y se preparaban para interpretar la última melodía ensayada, una especie de vals. Los globos no podían remediarlo: eran un poco chulos. Con mucho disimulo, andaban diciendo a todos que el tren en que viajaban tenía como misión central la de transportarles a ellos para dar luz y colorido en las fiestas del pueblo; que no fueran a creer los demás que eran ni la mitad de importantes que ellos. Esos comentarios no cayeron bien entre los más agudos del grupo.

Así, los libros (que sabían un rato…) respondieron que hablaran tras conocer un poco mejor la realidad: el mundo era algo más que globos. Todos se mostraron de acuerdo con el libro de filosofía y aplaudieron a rabiar. La señora globo azul estaba que estallaba.

Menos mal que la batuta (con tanta experiencia en esos asuntos del desafine) puso un poco de orden. Dijo un montón de cosas interesantes -que ahora no sabría repetiros- y sólo se oyó un pequeño rumor en el fondo del cajón: eran las tizas; decían que es bonito hacer las cosas sin pedir nada a cambio.

El viaje, como podéis comprobar, pasó rápido y divertido. No faltaron mareos. La fregona y el cubo tuvieron que actuar, ¡y eso que el trabajo -les habían dicho- no comenzaría hasta llegar a su destino! Llegados a la estación del pueblo, primero bajaron tres señoras muy gordas, un matrimonio muy joven con cuatro niños pequeños y dos chicas, inmigrantes de Marruecos, que trabajaban en un banco del pueblo.

Allí estaban esperando el niño Teodoro y Juan, el secretario del Ayuntamiento, quien comprobaría si estaba en orden el pedido realizado por la alcaldesa. ¡Y bien que lo revisó todo! Sólo faltaban algunas cajas de aspirinas del botiquín. Creo que los cigarillos y la botella de coñac tenían algo que ver con el asunto… Terminó colocando todo en el furgón y se dedicó a repartirlo aquella misma mañana de mayo. Hacía un sol espléndido y en los charcos de la pasada lluvia de la noche se perdía el reflejo ondulante del vehículo del ayuntamiento.

Todos los objetos de utilidad para el pueblo a las pocas horas ya se encontraban en su destino para hacer más agradable la vida de sus habitantes. ¡Teníais que haber visto a todos hacer aquello que les correspondía, del mejor modo que sabían!

Y, por fin, llegaron las fiestas del pueblo. El ambiente relucía con aplausos, sonrisas, abrazos y comidas en familia. Las banderitas de naciones ya anunciaban desde hace días los acontecimientos de la localidad. Después de la misa del domingo, en honor de María, la alcaldesa dijo unas palabras pidiendo a todos que escucharan con atención. Subrayó que no todos los habitantes de la tierra tenían la suerte que ellos; que muchos hogares, incluso no muy lejos, estaban en guerra; que morían o malvivían; y que en el pueblo se disfrutaba paz en abundancia. Por eso deseaba que todos pidieran al Señor de la vida y de la paz que les enseñara a respetarse y a vivir en fraternidad. Hubo unos minutos de silencio y… ¿a que no imagináis quiénes aparecieron entonces? ¡Los globos! Estaban espléndidos. Inflados con gas hasta el límite, no podían ni hablar, pero sabían que todos les miraban y, particularmente los niños ni parpadeaban. Muchos era la primera vez que veían globos de tantos colores y a punto de elevarse sobre las montañas hasta pasear por el cielo azul. Lo que sí hicieron los globos fue pedir aplausos y más aplausos ante la belleza de su actuación.

Surcaron el cielo y terminaron por alejarse como en otoño se mueve una hoja en el estanque: despacio, despacio. Teodoro y los otros niños después regresaron a sus casas. Algunos, por la tarde, seguían con la mirada puesta en las nubes, por si cruzaba algún globo despistado. Fue sonado: muchos, hasta de mayores recordarían aquella suelta de globos.

En cambio en la escuela, casi sin enterarse de nada, permanecían las tizas. Ellas nunca pidieron aplausos, ni miradas, ni suspiros, ni esperaron el regreso de algún colegial que abrazara sus cuerpos blancos y ligeros. Ellas se regalaban todos los días. Gracias a su vida muchos aprendieron geografía, los ríos, la situación de las montañas y las cordilleras, cómo realizar las sumas, restas o divisiones y mil cosas más. Ellas sabían darse, regalarse, sin más. Cada día morían varias de ellas en el servicio, sin pedir nada. Sin pedir nada.

Teodoro recordará los globos, pero no a las tizas que le habían enseñado a hacer cuentas, palabras, frases, dibujos… Ahora me viene a la mente las palabras de la batuta cuando trataba de poner orden en la discusión del tren: “El que no vive para servir, no sirve para vivir”.

Esteban Díaz Merchán

Oración contemplativa

13 Oct

El pasado fin de semana 3 y 4 de Octubre vivimos una experiencia preciosa en Ávila. Por primera vez y junto a otras diez personas utilizamos la danza como vía para acercarnos a nuestro Padre Dios.

Nunca pensamos que se podía orar de esta forma y, desde ese momento decidimos que la incorporaríamos a nuestra vida de oración en pareja.

Gracias, Victoria, por enseñarnos tantas danzas y por compartir con nosotros este don que Dios te ha dado.

Os invitamos a vivir esta experiencia (tenéis nuevas convocatorias en el tablón de anuncios y la página web de Victoria en los enlaces).

Nosotros por nuestra parte, compartiremos con todos vosotros lo que hemos aprendido. Tenemos la ilusión de poder orar de esta forma en próximos encuentros de Vocare.

Os queremos.

César y Puri.